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Al contratar o revisar el suministro eléctrico, una de las primeras decisiones que hay que tomar es el tipo de tarifa: fija o indexada. Ambas tienen ventajas e inconvenientes, y la mejor elección depende en gran medida del perfil de consumo de cada hogar.
Para entender bien qué se está contratando, conviene saber cómo se forma el precio de la electricidad. En España, el mercado eléctrico funciona a través de subastas diarias gestionadas por el Operador del Mercado Ibérico de Energía (OMIE), donde se establece un precio diferente para cada hora del día. Ese precio mayorista es la base sobre la que se construyen las distintas tarifas.
Con una tarifa fija, la comercializadora ofrece un precio cerrado por cada kWh consumido que se mantiene estable durante toda la duración del contrato, normalmente 12 meses. Independientemente de lo que haga el mercado mayorista, el consumidor paga siempre el mismo precio por kWh.
Con una tarifa indexada, el precio del kWh cambia cada hora en función del mercado mayorista. Si en una hora determinada la electricidad tiene un coste bajo, la factura lo refleja; si el coste es alto, también. La comercializadora suele añadir una pequeña cuota de gestión mensual como margen comercial.
PVPC e indexada: parecidas, pero no iguales
Ambas varían en función del mercado mayorista, pero la PVPC está regulada por el Gobierno, solo puede contratarse con comercializadoras de referencia, no aplica cuotas de gestión y es la única que da acceso al Bono Social Eléctrico. Las indexadas del mercado libre siguen directamente el precio horario de OMIE y añaden una cuota de gestión mensual.
La tarifa fija ofrece estabilidad. El consumidor sabe de antemano cuánto va a pagar por cada kWh durante todo el año, lo que facilita la planificación del presupuesto familiar sin depender de la evolución del mercado.
La tarifa indexada, en cambio, abre la posibilidad de pagar menos a quienes pueden aprovechar las horas más baratas del día. Por ejemplo, programar la lavadora a mediodía (cuando gracias a la generación solar se abaratan los precios) o el lavavajillas de madrugada puede suponer un ahorro notable en la factura mensual.
Con una tarifa fija, si el consumo no varía mucho de un mes a otro, las facturas serán muy similares. Es la opción más adecuada para quienes prefieren no estar pendientes del mercado.
Con una tarifa indexada, en cambio, las facturas pueden variar de forma significativa. Aunque se consuman los mismos kWh, el coste total dependerá de las horas en las que se haya realizado ese consumo y del estado del mercado en cada momento.
A modo de referencia, en 2025 el mercado mayorista español alcanzó un máximo diario cercano a los 145 €/MWh en pleno invierno, mientras que en primavera llegó a registrar un mínimo de apenas 1,72 €/MWh. Esa diferencia se traslada directamente a la factura de quien tiene contratada una tarifa indexada.
La tarifa fija actúa como una protección. Si el precio de la electricidad se dispara por una ola de frío, una crisis geopolítica o una caída en la generación renovable, el precio contratado no cambia. La comercializadora asume ese riesgo, y por eso el precio fijo suele ser algo más alto que la media del mercado.
En la tarifa indexada, las subidas del mercado se reflejan directamente en la factura. Si el consumidor no puede adaptar su consumo a las horas más económicas, podría acabar pagando más de lo previsto en meses especialmente volátiles.
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A continuación te dejamos un resumen de las diferentes ventajas de cada una de las tarifas:
No existe una tarifa universalmente mejor. Lo que funciona bien para una familia con horarios fijos puede no ser la mejor opción para alguien que teletrabaja y puede concentrar su consumo en las horas más baratas.
En hogares donde los horarios son regulares y no hay mucha flexibilidad para modificar las rutinas de consumo, la tarifa fija suele ser la opción más recomendable. Permite presupuestar el gasto energético con fiabilidad y evita sorpresas en la factura mes a mes.
Para quienes teletrabajan, disponen de electrodomésticos programables o pueden organizar las tareas del hogar en las franjas horarias más baratas, la tarifa indexada puede ofrecer un ahorro real.
La clave está en concentrar el mayor consumo posible en horas valle (de madrugada y fines de semana) o en las horas centrales del día, cuando la generación solar empuja los precios a la baja.
En viviendas con calefacción eléctrica, aerotermia o un vehículo eléctrico, el volumen de kWh consumido es elevado y cualquier diferencia de precio por kWh se multiplica de forma significativa. En estos casos, una tarifa indexada bien gestionada puede suponer un ahorro considerable a lo largo del año. No obstante, requiere prestar más atención a los horarios de consumo y asumir cierta variabilidad en la factura.
Una opción sostenible
Si te preocupa el medio ambiente, en el mercado libre existen tarifas de electricidad 100 % renovable, procedente de fuentes como la solar, la eólica o la hidráulica. Algunas comercializadoras certifican el origen renovable de la energía mediante Garantías de Origen (GdO). Esta opción no está disponible en el mercado regulado, donde el consumidor no puede elegir el origen de la energía.
Con independencia de la tarifa elegida, existen medidas que ayudan a reducir el consumo en cualquier hogar.
Estas son algunos consejos que puedes aplicar en tu día a día:
Además de decidir entre tarifa fija e indexada, conviene tener una visión general de las opciones tarifarias disponibles en España, ya que la estructura del mercado ofrece más posibilidades de las que muchos consumidores conocen.
En el mercado regulado, la única opción es la tarifa Precio Voluntario para el Pequeño Consumidor (PVPC), gestionada por comercializadoras de referencia como Endesa Energía XXI, Iberdrola o Naturgy.
Su precio varía en función del mercado mayorista y solo pueden contratarla consumidores con una potencia igual o inferior a 10 kW. Es una tarifa de naturaleza indexada, aunque incorpora progresivamente referencias de los mercados de futuros para suavizar la volatilidad.
En el mercado libre, las comercializadoras pueden ofrecer distintas modalidades: tarifas fijas (con precio estable durante todo el contrato), tarifas indexadas (vinculadas al precio mayorista más una cuota de gestión) y tarifas con discriminación horaria, que aplican precios diferentes según la franja del día (punta, llano y valle). Estas últimas resultan especialmente interesantes para hogares que pueden concentrar su consumo en horario valle.
Más allá de la elección de tarifa, también existen ayudas públicas para reducir la factura en hogares con menos recursos. La principal es el Bono Social de Luz, un descuento aplicado directamente sobre la factura eléctrica y destinado a consumidores considerados vulnerables (por nivel de renta, situación familiar o determinadas circunstancias sociales).
Un aspecto importante es que el Bono Social solo está disponible para quienes tienen contratada la tarifa regulada PVPC con una comercializadora de referencia. Esto significa que, al pasarse al mercado libre (ya sea a una tarifa fija o indexada), se pierde el derecho a esta ayuda.
Por eso, si tu hogar reúne los requisitos para acceder al bono social, es recomendable valorar si el ahorro potencial de una tarifa del mercado libre compensa la pérdida de ese descuento. En muchos casos, especialmente para familias con ingresos bajos, mantener la PVPC con Bono Social puede ser la opción más económica.
Para tomar una decisión informada sobre qué tarifa contratar, también resulta útil conocer el contexto reciente del mercado eléctrico español.
Los últimos años han estado marcados por una volatilidad considerable en el precio de la luz. En 2021, el precio medio del mercado mayorista se situó en torno a los 112 €/MWh, y en 2022 alcanzó el máximo histórico con una media superior a los 167 €/MWh, impulsado por la crisis energética derivada del conflicto en Ucrania y el encarecimiento del gas natural.
A partir de ahí, los precios han ido descendiendo progresivamente: en 2023 la media bajó a unos 87 €/MWh, y tanto en 2024 como en 2025 se ha estabilizado en la franja de los 63-65 €/MWh.
Esta moderación se explica en buena parte por el crecimiento de la generación renovable. La eólica y la solar fotovoltaica ya representan más del 40 % de la producción eléctrica peninsular, y su efecto se nota especialmente en las horas centrales del día, cuando la producción solar deprime los precios del mercado mayorista (llegando incluso a valores cercanos a cero en jornadas de alta irradiación).
Este dato es especialmente relevante para quienes se planteen una tarifa indexada, ya que esas horas de precio bajo son precisamente las que permiten ahorrar más. No obstante, el inicio de marzo de 2026 ha demostrado que el mercado sigue siendo muy sensible a factores geopolíticos.
Tras el inicio de la ofensiva militar sobre Irán a finales de febrero, la tensión en el estrecho de Ormuz está disparando los precios del gas natural, lo que se trasladó directamente al mercado mayorista de la electricidad.
Según datos de OMIE, el precio medio pasó de unos 14,5 €/MWh el 28 de febrero a superar los 136 €/MWh el 10 de marzo, con picos cercanos a los 250 €/MWh en las horas de mayor demanda. Este episodio ilustra con claridad el principal riesgo de las tarifas indexadas, la exposición directa a la volatilidad y, al mismo tiempo, el valor de las tarifas fijas como cobertura en momentos de incertidumbre.
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Redactora experta en energías renovables
Especializada en energías renovables y comunicación digital, combina formación en Periodismo, Comunicación Medioambiental y Marketing Digital. Su labor se centra en la creación de contenidos optimizados y divulgativos sobre electricidad, gas, autoconsumo y eficiencia energética. Con un estilo claro y cercano, facilita la comprensión de temas complejos y promueve decisiones informadas hacia un consumo energético más sostenible, con especial atención a la transición hacia las energías renovables.
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